PROGRESO SOCIAL, CIENCIA & TECNOLOGIA

Dr. Orlando A. Moreno.

E-mail: omoreno@hotmail.com

URL: http://members.tripod.com/omoreno

El siglo XXI, marca un nuevo siglo lleno de expectativas e interrogantes, especialmente para los ciudadanos preocupados por el porvenir de su patria. Un aspecto notable para realzarlo, es que en la actualidad las potencias que dominan el mundo, no necesitan utilizar el aparato represivo político - militar de otrora. Ahora, el instrumento de dominación para los países dependientes o subdesarrollados es la abierta superioridad científico - tecnológica de los países desarrollados, que les asegura el monopolio de las técnicas y procesos de producción más avanzados y sofisticados, mientras que los países atrasados deben dedicarse a sectores de la producción que por su baja rentabilidad no son de gran interés.

Con esta nueva forma de dependencia, los países subdesarrollados continuarán desempeñando el papel de mercados pasivos de los sectores más avanzados de la producción y una especie de veta inagotable producente de mano de obra de bajo costo para esas mismas economías. La actividad científica se ha convertido en parte integrante del que hacer social y se ha institucionalizado de tal modo, que constituye para los países industrializados uno de los instrumentos de poder político como económico. En este sentido como elemento de reflexión, es interesante recordar las palabras de C. Cooper (1968), - especialista de fama mundial en política científica- pronunciadas en París: "...Mientras el 75% de la humanidad vive en o por debajo del límite de subsistencia, hay una cierta ironía en hablar sobre la contribución de la ciencia al progreso social...... Digamos francamente, que la ciencia ha aportado sin duda, más males que beneficios a la gran mayoría de los seres humanos...".

En los países desarrollados, la casi totalidad de los egresados en ciencias humanísticas o exactas están capacitados para realizar investigación aplicada pura, porque estudiaron en universidades en las cuales los profesores son investigadores activos. En la región latinoamericana se produce muy poca investigación, ya que posee una cifra de investigadores y científicos (250 por millón de habitantes) que es la octava parte de la media de los países de Europa occidental y la décima parte de los Estados Unidos.

En América latina, además, el nivel de los estudios de post-grado aun cuando ha mejorado en cuanto a cantidad de incorporados, adolece de fallas estructurales que los convierte en esencialmente profesionalistas, lo que hace que la cifra de recursos humanos calificados en la región es menos que importante. Esto hace que sea precaria la contribución científica en relación a la producción mundial.

La revolución habida en la ciencia de los materiales han reducido la importancia de los recursos naturales en el desarrollo económico. La simple posesión de recursos naturales no ha determinado que un país sea rico (Venezuela) y la carencia de recursos naturales (Japón) no ha impedido que un país se enriquezca. Ahora cabe perfectamente una pregunta intrigante. ¿Cuál ha sido la actitud de los líderes de los sectores políticos y económicos latinoamericanos frente a la ciencia y frente al exiguo desarrollo de su región?

A menudo se ha dicho que en los países desarrollados el ciudadano común, ha estado y está plenamente convencido de la importancia de la ciencia y de la tecnología para el progreso social y esto ha explicado, en gran parte, el apoyo que esas actividades reciben. En opinión de algunos expertos en la materia (Herrera, 1976), el hombre común aprendió a darle valor a la ciencia y por tanto a apoyarla, en virtud de los beneficios que ha recibido de ella.

Transcurrido gran parte del siglo XIX, el ciudadano promedio de los países adelantados no tenía una idea más clara del valor de la ciencia para la sociedad que la que puede tener hoy, el hombre de pueblo de las sociedades latinoamericanas. La época en la que se comenzó la conquista de la ciencia en Europa, pequeños grupos de científicos trabajaban con medios precarios y casi apartados de la sociedad. En el caso específico de Rusia, hasta la revolución de 1917, fue un país atrasado con la gran mayoría de su población en la más grande ignorancia comparables a los sectores excluidos del sistema educativo latinoamericano de hace algunas décadas.

Hasta la mitad del siglo XIX, Japón, fue una sociedad de tipo feudal que vivía en la era precientífica y en la práctica carecía de comunicación con los países en los cuales había llegado la revolución industrial. Sin embargo, ambos países han tenido un gran desarrollo científico en las últimas décadas, "en virtud de que sus ciudadanos tuvieron una especial capacidad para apreciar el valor de la ciencia como mecanismo de progreso social".

El adelanto científico de los países que hoy se denominan industrializados, se inició por la acción de sectores dirigentes que entendieron el alto valor de la ciencia para el logro de los objetivos de la sociedad. Sin embargo, la apreciación de ese valor en el conglomerado social se produjo más tarde, como corolario de los resultados obtenidos. Lo que sucedió fue que hacer ciencia era una actividad sencilla y su aplicación al sistema social requería y aún requiere de un conocimiento íntimo de su naturaleza y de las complejas condiciones que necesita para su desarrollo y crecimiento. Dicho conocimiento como es obvio, ha sido y continúa siendo propiedad de los estratos más informados de la sociedad.

En el caso de la sociedad latinoamericana, el estado de bajo crecimiento de la actividad científica y de la investigación en general, es un indicador apreciable de la actitud hacia la ciencia de las clases dirigentes. Se ha dicho con frecuencia que el parque científico de la región es raquítico por razones ajenas a la voluntad del poder político o económico, en el sentido de que ofrece dificultades de crecimiento que son inherentes al sector intelectual. Según esta posición habría una insuficiencia interna de la estructura misma, que la hace refractaria para responder a las demandas de la sociedad.

Las universidades, que han sido los centros de mayor actividad científica en América Latina, no han tenido una demanda significativa de investigación por parte de los gobiernos. Los organismos de planificación, en los países de la región, muy escasamente plantean los obstáculos del desarrollo de manera tal, que puedan ser estudiados bajo la óptica científica en los centros universitarios.

En algunas universidades se han conformado equipos para estudiar y proponer soluciones a problemas locales y nacionales pero debido a la falta de demanda y de credibilidad, dichas propuestas no han tenido la receptividad que deberían tener en los países subdesarrollados. Comportamiento similar ha sucedido con los Consejos o Institutos de Investigaciones que funcionan en la región de América Latina.

Poseen autonomía suficiente que es consecuencia más bien, del poco interés de los gobiernos nacionales en los aportes que pueda hacer la ciencia en la sociedad que se traduzca en un respeto legítimo por la creación de conocimientos y la libertad para hacer ciencia. Dichos Consejos carecen de la autoridad suficiente para elaborar políticas de desarrollo científico a pesar de que dicha función aparece expresada en el decreto o estatuto que le dio origen.

Sin tratar de quitarle el grado de culpabilidad que se puedan adjudicar a estos institutos de investigación en el bajo perfil que se nota en cuanto a la falta de una política científica, es de vital importancia que los organismos o grupos que ejercen el poder político, adquieran conciencia clara de las necesidades y de los objetivos nacionales y sepan formular dicha política en función de estudios científicos, ayudando a crear una demanda efectiva sobre los institutos o consejos de investigación. Sin esta demanda efectiva, los organismos de planificación científica dejan de tener sentido, pues, no tienen puntos de referencia para orientar su acción.

Como ha dicho (Herrera, 1976), "una política científica efectiva no es la generadora de un esfuerzo consiente y profundo de desarrollo sino una de sus consecuencias". La experiencia ha demostrado en América Latina, que los organismos de investigación son fundados con mucho esfuerzo y hasta con entusiasmo. A partir de ese momento comienzan una penuria para poder sobrevivir. Esa capacidad por la subsistencia a veces es producto de los integrantes y no porque los sectores gubernamentales hayan demostrado interés en que el mantenimiento de esas instituciones es una necesidad vital para los países de la región.

Las autoridades nacionales de los gobiernos de turno, han actuado y continúan haciéndolo, como si se tratase de una acción filantrópica con el objeto de que los que trabajan en ellos no padezcan de necesidades básicas, pues los presupuestos y ayudas son exiguos y los asignan tardíamente.

En casi todos los países de la región pueden mencionarse ejemplos de estos institutos de investigación, que al poco tiempo de fundados son convertidos en organismos burocratizados que almacenan costosos equipos dañados o inservibles, pero que no prestan utilidad alguna a la sociedad.

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Dr. Orlando A. Moreno.

E-mail: omoreno@hotmail.com

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BIBLIOGRAFIA

· Avila F, Francisco J. Diagnóstico de la Educación Superior Latinoamericana. Tomo II. Editorial ARS Gráfica S. A. Maracaibo, Venezuela. 1993.

· Herrera, Amílcar Ciencia y Política en América Latina. Quinta edición. Siglo Veintiuno Editores S.A. Méjico. 1976.

· Llanos de la Hoz, Silvio "Ideas sobre Investigación en las concepciones de la Universidad". UNIVERSITAS 2000 Volumen 18, Número 1. FEDES. Caracas, Venezuela. 1994.

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